El 7 de diciembre de 1811, Artigas instruyó a un enviado suyo, don Juan Francisco Arias, para obtener el concurso del Paraguay contra los portugueses, el ancestral enemigo común. Se dirigió el jefe de los orientales a la Junta de Asunción en histórica nota en que después de relatar patéticamente los sufrimientos del pueblo oriental en éxodo, proponía concertar fuerzas para resguardar la autonomía y estrechar relaciones.
El gobierno del Paraguay aceptó entrar en correspondencia con Artigas y contestó efusivamente sus primeras cartas, pero se abstuvo de considerar las proposiciones que contenían. El norte de las aspiraciones paraguayas estaba entonces en el tratado del 12 de octubre recién firmado con Buenos Aires.
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La misión de Laguardia provocó el primer roce entre Buenos Aires y el Paraguay. Llegaron a aquella ciudad noticias alarmantes acerca del desempeño de la misión paraguaya, a la cual atribuyeron objetivos netamente antiporteñistas y a su jefe expresiones inamistosas para Buenos Aires.
La Junta contestó comedidamente la nota del Triunvirato, dando a conocer las instrucciones de Laguardia, en nada contraria, a su juicio, a la amistad y alianza con Buenos Aires y prometió evitar en adelante semejantes comisiones.
Más tarde la armonía, amistad y correspondencia con Buenos Aires se rompió cuando las partes pidieron la ejecución de las cláusulas militares de la alianza del 12 de octubre. Alegando la inminencia de una invasión portuguesa, el Paraguay solicitó auxilios en armas y municiones; Buenos Aires reclamó el envío de tropas para la guerra en la Banda Oriental que se había reanudado. Las armas no vinieron y tampoco fueron los soldados.
A la par que se agriaban las relaciones entre Buenos Aires y Asunción, se intensificaron los esfuerzos de Artigas para persuadir al Paraguay de la conveniencia de aunar esfuerzos en la lucha inevitable contra un enemigo al parecer más peligroso que la propia España. Volaron a Asunción chasques y emisarios desde los cambiantes campamentos artigueños con el objeto de ablandar el corazón paraguayo en procura de una coordinación consideraba indispensable para impedir que un nuevo yugo oprimiera a los pueblos.
Esta vez pareció conmoverse el Paraguay. La Junta gubernativa, de la cual se había retirado el doctor Francia, se mostró inclinada a tender la mano. Aunque no se adoptaron decisiones definitivas, por primera vez salieron de Asunción palabras alentadoras para Artigas y una franca promesa de unión.
Ese sentimiento de intereses comunes, sumado a aquellas vinculaciones comerciales, había unido también al general Artigas con Vicente Antonio Matiauda y su pariente Antonio Tomás Yegros, residente en la zona de Misiones.
A través de ellos, las relaciones de Artigas con el Paraguay fueron muy fluidas mientras la Junta Superior Gubernativa se hallaba presidida por el teniente coronel Fulgencio Yegros. No cuajó, sin embargo, el entendimiento. Francia, desde su retiro, azuzó hábilmente a la opinión pública contra la política de la Junta a la cual acusaba de mostrar debilidad en su polémica con Buenos Aires, sin perjuicio de explotar hábilmente la resistencia de la conciencia nacional a toda empresa que significara enviar tropas al exterior.
Pero entretanto, el gobierno de Buenos Aires había dado un importante paso cerca del Paraguay. Abandonando la iracunda polémica, destacó a su Secretario, Nicolás de Herrera, a Asunción con el fin de negociar la concurrencia paraguaya al Congreso general de las Provincias y buscar el arreglo de las diferencias entre ambos gobiernos.
La Junta comunicó a Artigas la importante novedad y tomó ocasión para diferir la propuesta de sus últimas demandas, así como para proclamar, una vez más, su determinación de seguir sosteniendo los derechos del Paraguay con o sin un entendimiento con la Provincia oriental.
Si algunas esperanzas se concibió Asunción sobre los resultados de la nueva misión porteña, se desvanecieron apenas el Congreso reunido el 30 de setiembre de 1813 se enteró de sus proposiciones. Herrera plateó atrevidamente, no la renovación del tratado del 12 de octubre de 1811 como se esperaba, sino la incorporación lisa y llana del Paraguay a la obediencia de Buenos Aires.
El mensaje de Herrera ni siquiera fue considerado y el Congreso, por aclamación, en fogoso arrebato de entusiasmo patriótico, proclamó la República. Buenos Aires creyó que aplicando el torniquete económico vencería la resistencia paraguaya y con infracción del tratado gravó con nuevos impuestos los productos paraguayos, por tanto, los vínculos federativos solo subsistían en la apariencia y que la
antigua capital del fenecido Virreinato solo miraba la constitución de la provincia como “una situación de perspectiva con la que es preciso contemporizar por razón de las circunstancias”. A partir de aquí el Paraguay ya nada quería saber de federaciones. La nota del 20 de julio yacía olvidada, el tratado del 12 de octubre estaba roto en mil pedazos y el país se deslizaba pausada pero irresistiblemente hacia su total
desgajamiento del Río de la Plata y del mundo. Si Buenos Aires era la opresión, Artigas significaba la anarquía. El Paraguay no estaba obligado a optar entre los términos de una disyuntiva fatal. Cabía una tercera opción: aislarse de ambos.
Debemos recordar que al Doctor Francia le interesaba vivamente la idea de la confederación, la nación o los pueblos hispanoamericanos están constituidos por comunidades que integran el racimo de reinos del imperio español, bajo la autoridad de la corona, cada una con intereses propios y un derecho inalienable a la libertad.
Fue entonces que Artigas resolvió recoger la bandera abandonada por el Paraguay y convertirse en el adalid de la federación en el Río de la Plata. El plan confederal del doctor Francia que venía a satisfacer una y otra aspiración (preservar la unidad del virreinato y a la vez la autonomía local), fue adoptado por Artigas, si no literalmente en su esencia, en las famosas Instrucciones del año XIII a los diputados orientales a la Asamblea convocada por Buenos Aires para concertar la forma definitiva de gobierno
de las Provincias Unidas.
Luego del rechazo de sus diputados se tornó aun más crítica la situación de Artigas, Buenos Aires ya no quería seguir contemporizando con el jefe oriental, organizaba, a su vista, un ejército para someterlo. Artigas volvió a escribir a Asunción para denunciar que los preparativos no estaban dirigidos solamente contra las tropas orientales.
Al poco tiempo rompía definitivamente con Buenos Aires. El 20 de enero de 1814 abandonó la línea de fuego frente a Montevideo y proclamó la guerra a muerte a Buenos Aires, iniciando una guerra civil que ensangrentaría el suelo del Río de la Plata durante medio siglo. Al conjuro de la voz uruguaya se insurreccionaron los pueblos del litoral: Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes se unieron a la Banda Oriental y reconocieron la jefatura de Artigas que asumió el titulo de Protector de los Pueblos Libres.
Buenos Aires movilizó sus fuerzas, aun las que estaban empeñadas en la guerra contra los españoles, para aplastar la rebelión de los pueblos que reconocían a Artigas como su paladín. Para la lucha que se perfilaba larga e implacable, el Paraguay estuvo de nuevo en el centro de los pensamientos de Artigas y aunque conocía la intención del Cónsul Francia de mantener al Paraguay alejado de la gran guerra, suponía al Cónsul Yegros y sus partidarios inclinados por un entendimiento con la Banda Oriental. Artigas escribió a Yegros proponiéndole el envío de un diputado para concertar la común acción contra
Buenos Aires y también contra quienes dentro del Paraguay, se opusieran a esa inteligencia.
Para entonces, Yegros sólo era prisionero de su compañero en el Consulado y nada respondió a Artigas. En cambio, aunque Artigas no pudo influir sobre el consulado si lo hizo con el comandante paraguayo de Misiones don Vicente Antonio Matiauda, que tenía órdenes terminantes de no inmiscuirse en la lucha intestina. Pero éste continuó manteniendo correspondencia con Artigas, en cuyo favor escribió a los cónsules que gobernaban el Paraguay, el 12 de febrero de 1814, y concentró sus tropas en Itapúa para pasar enseguida al departamento de Candelaria. Desobedeciendo las órdenes de su gobierno, invade el departamento de Concepción en marzo de 1814. En tanto, los cónsules lo desautorizaron el 4 de marzo, pasándolo a retiro con órdenes entregar sus armas y municiones en Candelaria. Continuó, apoderándose sus tropas de San José el día 7, derrotando y deponiendo al subdelegado Celedonio José Castillo. Posteriormente Matiauda, unido ya a las tropas de Blás Basualdo, derrotara en La Cruz, el 10 de marzo, al Teniente Gobernador Bernardo Pérez Planes, quien terminara ajusticiado en Belem el día 30.
En abierto desacató las órdenes recibidas y al frente de sus tropas se incorporó a la guerra contra Buenos Aires. La reacción del Consulado fue pronta y eficaz. A Matiauda se le relevó del puesto y calificó de desertor y prófugo.
El doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, a quien poco después, el 3 de octubre del 1814, un Congreso proclamaba Dictador Supremo de la República del Paraguay. Con su ascensión al mando supremo triunfaba definitivamente la tendencia aislacionista, para el doctor Francia la guerra civil era el más funesto de todos los males.
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[1] Extracto del artículo: MENDOZA MARTÍNEZ, Hugo R. “El Paraguay y la Confederación Artiguista” en Armas y Letras, Revista del Instituto de Historia y Cultura Militar del Instituto “Coronel Rolando Laguarda Trías”, Montevideo, Año VII, No 9 (2011) pp. 67 – 84.














